Mucho antes de que cada 29 de septiembre se convirtiera en una fecha marcada en el calendario entrerriano, San Miguel Arcángel ya tenía una historia particular ligada a estas tierras. Su nombre estaba asociado incluso con una antigua estancia jesuítica ubicada en la zona donde posteriormente se desarrollaría Paraná.
La devoción se hizo especialmente visible a comienzos del siglo XIX. En 1822, el sacerdote Antolín Gil y Obligado impulsó la construcción de una capilla dedicada a San Miguel en una zona entonces periférica de Paraná. La piedra fundamental fue colocada el 14 de marzo de aquel año y el edificio se convirtió en la construcción religiosa más antigua de Entre Ríos que todavía permanece en pie.
Una capilla en el antiguo Barrio del Tambor
La ubicación de aquella capilla también tiene una historia singular. Fue levantada mirando hacia el río, en un sector conocido como Barrio del Tambor o Barrio del Candombe, donde durante el siglo XIX residía buena parte de la población afrodescendiente de Paraná.
La construcción era particularmente llamativa para aquella época: mientras gran parte de la villa estaba formada por ranchos de paredes de tapia y techos de paja, la capilla incorporaba ladrillos cocidos, cal, madera y una estructura con cúpula y linterna. Con el tiempo sería conocida como Capilla Norte de San Miguel y actualmente tiene carácter de Monumento Histórico Nacional.
Pero la creciente devoción por San Miguel generó una situación particular. La parroquia tenía como advocación a la Virgen del Rosario, aunque una parte importante de los fieles había comenzado a identificarse con San Miguel y también con Santa Rosa de Lima. Cuando en 1823 asumió como párroco Francisco Dionisio Álvarez, encontró precisamente esa disputa en torno al patronazgo.
Los entrerrianos fueron a votar por su patrono
Para resolver la cuestión, Álvarez propuso realizar una consulta directa a los habitantes. El gobierno autorizó la elección y se estableció que los votos serían secretos, depositados en una urna, con los recaudos necesarios para garantizar el escrutinio.
La votación no se limitó a Paraná. También participaron los habitantes de las capillas de Alcaraz y La Matanza, territorio que actualmente corresponde a Victoria. En La Matanza se votó el 12 de diciembre de 1824; en Alcaraz, el 19 de diciembre, y finalmente en Paraná el 1º de enero de 1825.
Y aquí aparece uno de los detalles más curiosos de aquella elección: la urna fue colocada sobre el brocal del aljibe que se encontraba en el centro de la plaza principal de Paraná, actual Plaza 1º de Mayo. Las actas originales de aquella elección no se conservan, aunque distintas fuentes históricas reconstruyeron lo ocurrido a partir de otros documentos y testimonios.
Una elección y dos patronazgos
El resultado produjo una particular distribución de patronazgos. La Virgen del Rosario fue elegida patrona de Paraná, mientras que San Miguel quedó como patrono de Entre Ríos.
La decisión tiene todavía mayor interés si se considera el contexto político de aquellos años. La elección ocurrió cuando la organización institucional entrerriana estaba dando sus primeros pasos y la antigua Villa de Nuestra Señora del Rosario de la Baxada del Paraná comenzaba a adquirir un papel central en la vida provincial.
La tradición histórica incluso señala que se trató de una de las primeras experiencias de participación popular de este tipo de las que existen registros en Paraná. No obstante, los historiadores advierten que las actas originales se perdieron, por lo que algunos detalles de aquella elección fueron reconstruidos posteriormente a partir de otras fuentes.
Del voto de 1825 a la confirmación papal
La elección popular no significó todavía la última palabra sobre el patronazgo. En diciembre de 1851, el papa Pío IX confirmó oficialmente a San Miguel Arcángel como patrono de Entre Ríos.
De esta manera, el arcángel que la tradición cristiana representa como un guerrero que enfrenta al mal terminó adquiriendo una particular dimensión en la historia entrerriana. Su figura había llegado a estas tierras siglos atrás de la mano de la tradición religiosa, había dado nombre a una estancia jesuítica y había inspirado una de las construcciones religiosas más antiguas de Paraná.
Y, finalmente, terminó siendo elegido mediante votos como protector de toda una provincia.
Por eso, cada 29 de septiembre, la celebración de San Miguel no remite solamente a una tradición religiosa. También recuerda una curiosa página de la historia entrerriana: aquella jornada de 1825 en la que los habitantes fueron convocados a decidir quién sería el patrono y una urna colocada sobre un antiguo aljibe terminó definiendo el destino religioso de la provincia.